Una mirada viajera a un país de contrastes

Por: Carlos Mario Ramos G, Natalia Arena Bossa, Andrea De los Reyes, Chelsyn Suarez.

 

No había despertado el sol en el horizonte aquel 25 de mayo y ya habían risas nerviosas en la entrada del Asilo San Antonio, lugar emblemático de la ciudad de Barranquilla y residencia de la comunidad religiosa de las hermanitas de los Pobres de San Pedro Claver, quienes conservan el legado de su fundadora Madre Marcelina, sierva de Dios, en una vocación inmensa por ayudar al pobre y al necesitado.

Aquellos susurros y ansiedad en la víspera de la hora de partida eran de un grupo de 37 niñas del grado octavo de la Institución Educativa Distrital Madre Marcelina, quienes desde semana atrás se habían preparado para emprender un viaje por la historia de Colombia a través de Mompox y una visita con gran sentido humano, al límite norte del territorio nacional , la Guajira y pasando en su travesía por ciudades y municipios de inmensa tradición vallenata y cultural como Valledupar, Plato- Magdalena, Riohacha y Uribía.

Entre mezclados con los diálogos comparativos de mochilas y accesorios de viaje, los docentes Edilberto Hart y Carlos Mario Ramos daban el vistazo final al reloj para anunciar el abordaje y partida que les llevarían a una aventura del saber. La mañana que se hacía fresca por las ráfagas de viento del rio magdalena que alcanzaban a bañar las calles barranquilleras, daban el feliz viaje a los participantes y entre rezos, bendiciones, deseos de éxitos y manos alzadas los padres de familia, una vez más, confiaban en los procesos de una institución comprometida con la calidad educativa y la formación integral.

Las cómodas carreteras de la costa, la experiencia del conductor y el clima acondicionado del vehículo acunaron a las estudiantes en el inicio del viaje y justo cuando el astro solar se acomodaba para dar su máximo esplendor, alrededor de las 10:00 am, al despertar de los viajeros cambiaba el paisaje urbano, para dar paso a los árboles, arbustos, pastizales y tierras desnudas donde se pasea con suma tranquilidad el ganado, y que  rezagantes  por las lluvias de las últimas horas daban gala de un paisaje próspero  sabanero.

A las 12:30pm y completadas 7 horas aproximadas de recorrido entre el departamento del Atlántico y Bolívar, se detiene la marcha del autobús y recibe a los viajeros 32°C de calor humano y una humedad del 90% aproximadamente  y ante ellos un lugar mágico, donde las horas parecieran transcurrir más lentamente, donde el tiempo es una dimensión que el hombre no puede atrapar  en ninguno de esos aparatos que ha inventado y quien recibe es un Simón Bolívar exaltado en la conmovedora frase “Si a caracas le debo la vida, a Mompóx debo la gloria” pisar el suelo momposino es remontarse siglos atrás, a la época de la colonia, donde el poder de la iglesia predominaba y como tinta indeleble permanecen en su calles frases en latín. El recorrido en horas de la tarde por la isla con abanico en mano para apaciguar el calor, le acompañaron los saludos inesperados pero fraternos, la arquitectura desgastada por los años que conserva  casi como reliquia las grandes casonas, de corredores infinitos y patios que en nuestra urbe serian escenario de construcciones, pareciera que el último siglo no hubiese pasado por esta ciudad, cada paso en ese lugar, nos hacía más conscientes de todo el sacrificio que, nuestros antepasados han de tolerar.

Cayó la noche, los viajeros se vieron envueltos en una oleada helada; se notaba el cansancio, pero a su vez, las ansias de seguir recorriendo la isla, que días antes, era forastera a su intuición. Percibiendo su extenuación, apareció ante sus exhaustos ojos, la plaza donde, se localiza la iglesia y el convento de San Francisco, acicalado en su eje por un prominente árbol: símbolo atávico y patrimonio cultural. Los viajeros se encontraban pasmados, no se imaginaban que un lugar tan hermoso como aquel, ocultaba una cruel realidad: en vísperas del año 2014, el pueblo momposino tuvo la iniciativa de remodelar aquel lugar, legado ancestral, sin saber de la desagradable sorpresa que estarían a punto de revelar: asentamiento occiso; un sinnúmero de cadáveres fueron hallados, los cuales fueron inmediatamente enviados para su estudio.

Aquel impacto no fue un impedimento para continuar su travesía; dejaron la fatiga a un lado y se dispusieron a darle fin a su recorrido, siendo participes de un banquete que, después de horas y horas de caminar, estuvo muy bien merecido.

Alrededor de las 9:00 pm, fue la llegada al hotel, recibiendo al grupo, con sus acogedores arrabales; culminando la clase del día, satisfechos y admirados por que han sido privilegiados de conocer a mompóx, la isla de encanto. Agotados tanto física como mentalmente, cayeron en brazos de Morfeo, ahorrando las energías, que serían utilizadas en su próxima aventura.

Tras aproximadamente ocho reconfortantes horas de sueño, llego el ansiado momento de despertar y partir hacia su próximo destino. Cerca de las 5 am, los viajeros,  ya vestidos y preparados para embarcarse en búsqueda de una nueva aventura, se dirigían a nada más y nada menos que a la tierra de la leyenda vallenata. Valledupar, capital del departamento del cesar, reconocido por ser unos de los principales centros folclóricos y culturales siendo  el lugar de origen del vallenato, máximo  representante  de la música colombiana.

Alrededor de las 10:30 am desembarcaron en la plaza Alfonso López, epicentro de las más importantes  celebraciones en Valledupar. Aquellos aventureros fueron recibidos por una extensa plazoleta,  quedando al instante desconcertados al darse cuenta de que estaban rodeados de inmensas casas de arquitectura colonial conservadas casi a la perfección.  Un gran árbol de mango bajo el cual podían descansar e inmortalizar su experiencia con una fotografía. Pronto habían llegado al hogar de una sirena, un extenso río caudaloso desde la Sierra Nevada de Santa Marta que baña a la ciudad del vallenato. Cerraron con broche de oro su travesía por Valledupar visitando el monumento “la Pilonera mayor”  un lugar idóneo para capturar el momento con una cámara y compartir la grandeza del folclor vallenato.

Finalizada esta experiencia en la ciudad vallenata, llegaba el momento de prepararse para su nueva travesía que sin duda les haría cambiar de pensamiento y recapacitar sobre la dura situación que actualmente atraviesan muchos colombianos.

El paisaje urbano, la cuna de acordeones y los sombreros vueltiaos, dieron paso a tierras áridas, grandes cactus, rostros pintados de tintas rojizas y marrones y un sabor salino en el paladar, llegar a la Guajira da la sensación de  regocijo y aflicción.

El hábito de los viajeros de estar en sus teléfonos móviles, cuartos frescos, baños y variedad de comodidades, dio un giro de 180 grados; sin señal móvil algo catastrófico para algunos de estos viajeros, adiós a la cómoda cama, bienvenida sea la hamaca, pero lo más importante adiós a la venda que cubrían sus ojos impidiéndoles ver la dolorosa realidad.

La Guajira, un bello paisaje de tierras áridas y secas, calor abrasante y mares de mil colores; para los viajeros esto podría describir perfectamente la belleza de este territorio. Pero al encontrarse con una cultura originaria que notablemente ha sufrido un abandono total de la sociedad, todo lo que creían ser cierto cambiará.

Niños, madres y padres sometiéndose diariamente al sol abrasador en busca de un poco de agua o de comida ante la crisis por la que este lugar se ha visto envuelto. Esto fue lo primero que reflexionaron aquellos aventureros, tanto jóvenes como  maestros descubrieron esa verdad que el gobierno y los diarios nacionales se han empeñado en ocultar.

Los pensamientos de los viajeros se encontraban sucintos; desde el momento de su llegada su lado candor se había esfumado, dando lugar a la añoranza y el deseo de cambiar, así sea por pocos instantes, la vida de los habitantes de este lugar. Lo anterior se vio reflejado con pequeña pero significantes donaciones por parte de la comunidad marcelinista, que dejaron a más de una persona con una sonrisa adornando su rostro y una satisfacción inmensa para los visitantes.

Este último destino, reafirmó la idea de que La Guajira es el Talón de Aquiles colombiano, pues no se le ha otorgado la importancia que amerita: se ha dejado a un lado todos los recursos, costumbres y valores que debería de ser legado de nuestro país.

Agotados, asombrados y satisfechos, los viajeros se despiden de este maravilloso recorrido, que permanecerá en las tiernas y sosegadas páginas del libro que juntos se están encargando de escribir: su libro de aventuras apenas comienza.

Enviar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>